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martes, 8 de enero de 2013

Poema de Care Santos


¿Cuánto pesa la eternidad?
¿Cómo hiere el silencio?
¿Cuánto cuesta la soledad?
¿Qué nos roba el recuerdo?


¿A qué mundo llegaste tú
a cambiar mis esquemas?
¿Quién te trajo, por qué razón?
¿Qué se va si te alejas?

No me importa el vacío
del despertar
porque sé que estás cerca.
¿Cuándo llega la muerte?,
preguntarás.
Cada vez que te alejas.



El poema no tiene nombre, pero aparece en la página 88, de la novela 
Esta noche no hay luna llena, de Care Santos


domingo, 16 de diciembre de 2012

La Mala Fortuna - Perico



Tal infortuna es la mía, 
que por faltarme la suerte
no me falta más de nada
por caprichoso que fuere.
Agradezco siempre a Dios,
aunque no sea creyente
de beatos ni angelotes,
ni de ateos, ni de infieles.


Pues no me falta el dinero,
ni el amor ni otros placeres,
tan solo bella princesa
ha de faltarme el tenerte.


Pasara mil y un calvarios,
pasara, tan solo por verte
de tanto en tanto paseando,
o parada ante la fuente.

Que injusticia vida mía,
que fantasía más corriente,
que no sueñe noche y día
con nunca alcanzar la muerte.


O con conquistas pintadas
con sudor en las paredes,
con derrochar en pasiones
y triunfar con las mujeres,
de tallas, color y sueños,
y de clases diferentes.


Mas, más tarde que temprano
quiso el destino ponerte,
de repente en mi camino
con un amor puro y verde,
pero siempre caprichoso
no hizo cuentas de que hay trenes
que por buenos y perfectos
que por fuera nos parecen
no tienen vía de vuelta
pues no han de pasar dos veces.


sábado, 8 de diciembre de 2012

Bajo el Balcón - Oscar Wilde


¡Oh, hermosa estrella de boca roja!
¡Oh luna de ceño dorado!
¡Elévense, elévense desde el sur oloroso!
Y alúmbrenle a mi amor su camino
Para que sus pequeños pies no se pierdan
¡En la colina ventosa y en el llano!
¡Oh, hermosa estrella de la boca roja!
¡Oh luna de ceño dorado!


¡Oh barco que te agitas en el mar desolado!
¡Oh barco de blancas y empapadas velas!
¡Recala, recala para mí en el puerto!
¡Porque mi amada y yo debemos ir
A la tierra donde florecen los narcisos
En el corazón de un valle de violetas!
¡Oh barco que te agitas en el mar desolado!
¡Oh barco de blancas y empapadas velas!


¡Oh extasiado pájaro de notas susurrantes!
¡Oh pájaro que te posas sobre el rocío!
Canta, canta con tu suave garganta morena
Y mi amada en su pequeño lecho
Te oirá y alzará su cabeza
De la almohada ¡y vendrá a buscarte!
¡Oh extasiado pájaro de notas susurrantes!
¡Oh pájaro que te posas sobre el rocío!


¡Oh capullo que cuelgas en el aire trémulo
¡Oh capullo de labios nevados!
¡Cae, cae para que mi amada te tome!
Morirás en su cabeza como una corona.
Morirás en un pliegue de su vestido.
¡A su pequeño corazón alegre irás!
¡Oh capullo que cuelgas en el aire trémulo!
¡Oh capullo de labios nevados!




Fea, es una mujer vulgar. Bonita, es una mujer educada. Hermosa, es una mujer inteligente. Peligrosa, es una mujer despechada.


No le des un libro a quien no sabe leer,
ni tu corazon a quien no sabe querer



La durmiente; Edgar Allan Poe




Era la medianoche, en junio, tibia, bruna.
Yo estaba bajo un rayo de la mística luna,
Que de su blanco disco como un encantamiento
Vertía sobre el valle un vapor soñoliento.
Dormitaba en las tumbas el romero fragante,
Y al lago se inclinaba el lirio agonizante,
Y envueltas en la niebla en el ropaje acuoso,
Las ruinas descansaban en vetusto reposo.
¡Mirad! También el lago semejante al Leteo,
Dormita entre las sombras con lento cabeceo,
Y del sopor consciente despertarse no quiere
Para el mundo que en torno lánguidamente muere

Duerme toda belleza y ved dónde reposa
Irene, dulcemente, en calma deleitosa.
Con la ventana abierta a los cielos serenos,
De claros luminares y de misterios llenos.
¡Oh, mi gentil señora, ¿no te asalta el espanto?
¿Por qué está tu ventana, así, en la noche abierta?
Los aires juguetones desde el bosque frondoso,
Risueños y lascivos en tropel rumoroso
Inundan tu aposento y agitan la cortina
Del lecho en que tu hermosa cabeza se reclina,
Sobre los bellos ojos de copiosas pestañas,
Tras los que el alma duerme en regiones extrañas,
Como fantasmas tétricos, por el sueño y los muros
Se deslizan las sombras de perfiles oscuros.

Oh, mi gentil señora, ¿no te asalta el espanto?
¿Cuál es, di, de tu ensueño el poderoso encanto?
Debes de haber venido de los lejanos mares
A este jardín hermoso de troncos seculares.
Extraños son, mujer, tu palidez, tu traje,
Y de tus largas trenzas el flotante homenaje;
Pero aún es más extraño el silencio solemne
En que envuelves tu sueño misterioso y perenne.
La dama gentil duerme. ¡Que duerman para el mundo!
Todo lo que es eterno tiene que ser profundo.
El cielo lo ha amparado bajo su dulce manto,
Trocando este aposento por otro que es más santo,
Y por otro más triste, el lecho en que reposa.

Yo le ruego al Señor, que con mano piadosa,
La deje descansar con sueño no turbado,
Mientras que los difuntos desfilan por su lado.
Ella duerme, amor mío. ¡Oh!, mi alma le desea
Que así como es eterno, profundo el sueño sea;
Que los viles gusanos se arrastren suavemente
En torno de sus manos y en torno de su frente;
Que en la lejana selva, sombría y centenaria,
Le alce una alta tumba tranquila y solitaria
Donde flotan al viento, altivos y triunfales,
De su ilustre familia los paños funerales;
Una lejana tumba, a cuya puerta fuerte
Piedras tiró, de niña, sin temor a la muerte,
Y a cuyo duro bronce no arrancará más sones,
Ni los fúnebres ecos de tan tristes mansiones
¡Qué triste imaginarse pobre hija del pecado.
Que el sonido fatídico a la puerta arrancado,
Y que quizá con gozo resonara en tu oído,
de la muerte terrífica era el triste gemido!